miércoles, 31 de julio de 2013

Buelna-Villahorna(??km)

A caminar empezamos a las 8 y llegamos al albergue a las 21, contamos algunas cosas en este periodo.
Nada más salir del albergue nos alegramos de coger el GR-E-9 y sacar a pasear a nuestras enfadadas botas. El camino discurría junto a los bufones, estructuras geológicas que expulsan agua a través de agujeros en la tierra. Con el mar en calma suenan como pulmones de titanes y dan paz y satisfacción a los que se acercan a visitarlos. Además conocimos la amable población de Pelduenes donde una amable camarera nos asesoró de los múltiples servicios que dispone la zona para el peregrino. Además ella misma, con sus brazos estropeados por las zarzas, era una ingeniera del camino, pintando flechas y dejando libre de vegetación la senda que va a Santiago. Continuamos contentos de conocerla hacia la pequeña Andrín, donde nos refrescamos y donde encontramos a la peregrina Kristine, de la que nos despedidos por lo que pensamos que era la última vez que volveríamos a verla. Saliendo de Andrín hacia Llanes erramos nuestro paso hablando muy animosamente por lo que nos encontramos con la duda de volver un poco atrás para subir al mirador de la Playa de la Bellota. Esto nos costó un gran rodeo de vuelta y sumó unos 8 km más a nuestra ruta. No obstante, difícilmente borraremos de nuestra memoria aquel paisaje de ensueño. Llegados a Llanes pudimos disfrutar de su comida y visitar sus calles que iban hacia el puerto donde se encuentran los conocidos Cubos de la Memoria, de Ibarrola. La senda a Poo bordeaba la costa y ya íbamos pensando palabras de despedida a Pascuala. Cuando llegamos ya eran las 17 hr con un pesado sol que nos daba de frente y, para más inri, no había sitio en el albergue. Decidimos separar aquí nuestro camino del de Pascuala y seguir hacia Villahormes. A esta odisea se sumaron Kristine y Kerstin que tampoco tenían plaza. El camino se hizo muy duro y, en sus últimos kilómetros cambiamos la gorra por la chaqueta, ya no había qué sudar y el sol que vieron nuestras mochilas por la mañana se despedía ahora de nuestras miradas. El albergue, en Villahormes, tenía lo justo para pasar la noche pero el cansancio lo convirtió en un hotel donde descansar de un duro caminar.

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