No hay mejor albergue que aquel en el que se descansa y desayuna en él, y así fue éste, donde comenzamos con un buen desayuno y con las amables indicaciones del hospitalero Iñaki de cómo llegar a Bilbao y más allá. El camino aparentaba sencillo, sin excesivos desniveles, ya que no habíamos mirado guía alguna hasta llegar a Lezama, donde entrena el esmerado Athletic Club de Bilbao y donde repusimos nuestros ánimos con unos pinchos. Ahora sí, guía en mano, nos percatamos de la cuesta que nos esperaba a la salida de Lezama, no la subimos en silencio pues podíamos oír el latir de nuestros corazones a cada paso por este empinado reto. Al llegar arriba, un gris cielo nos dispersa la luz de tal modo que Bilbao apareció como la gran ciudad que nos ha demostrado ser. A su entrada nos encontramos con un antiguo, más que anciano, señor de 93 años que, muy amable, nos cinstó la historia de la espectacular iglesia que nos impedía ver más allá, la iglesia de Begoña, cuyo significado procede, según la tradición vasca de los vocablos bego(debajo) y oña(de pie) porque aseguran que la virgen apareció enterrada de pie. Tras esta anécdota tomamos unos pinchos en el céntrico bar Bilbao, recomendado por Iñaki y donde fuimos invitados a un pincho y disfrutado de otros. El albergue Ganbara era acogedor y pudimos preparar la cena después de un paseo por Bilbao con parada y foto obligatoria en Guggenheim. Tras la cena y unas partidas de ping-pong improvisadas decidimos tomar unas cañas de "hasta luego" a peregrinos que no pensábamos ver en varios días pero que la magia del camino nos volvió a reunir para poder volver a reír juntos. Esta fue la misma magia que devolvió al peregrino Alberto su gorra tras 6 calurosos días de camino y que permanecía,inerte, en la mochila de un desconcertado peregrino.
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